FLUJO MIGRATORIO HACIA EL PAÍS VASCO 35.000 inmigrantes que viven en Euskadi se han nacionalizado en la última década


(Publicado en El Correo el 10/04/11) La población total de origen extranjero asciende a 180.000 personas, lo que supone el 8,2% del censo.

El flujo migratorio hacia Euskadi que vaticinaron los demógrafos al inicio de la crisis -un goteo procedente de otras autonomías con mayor paro- está siendo más intenso que el apuntado esta semana por el Instituto Nacional de Estadística (144.551 inmigrantes empadronados a 1 de enero de 2011). El Gobierno vasco calcula que, en realidad, hay unas 180.000 personas de origen extranjero afincadas en la comunidad, lo que representa el 8,2% del censo, en vez del 6,6% estimado en el avance del INE. La explicación de ese desfase es que, según un análisis provisional del Departamento de Empleo y Asuntos Sociales, 35.000 extranjeros establecidos en el País Vasco -25.000 de ellos, latinoamericanos- han conseguido la nacionalidad española durante la última década. De acuerdo con los datos del Observatorio Permanente de la Inmigración, la cifra asciende a 450.000 personas en el conjunto de España.

Ese proceso empezó a llamar la atención en Euskadi en 2008, ya que desde entonces han conseguido el pasaporte español más de 10.000 latinoamericanos, que en la mayoría de los casos -y al igual que los filipinos y guineanos- pueden pedir el pasaporte español a los dos años de residencia, mientras que al resto de los extranjeros se les exige diez. Los efectos de las nacionalizaciones -que también son posibles en caso de matrimonio con un autóctono- se han dejado sentir en el censo, ya que los colectivos de nacionales colombianos, ecuatorianos y bolivianos del País Vasco tienen hoy ligeramente menos miembros empadronados que el año pasado y han sido superados por los de rumanos y marroquíes. Del mismo modo, otras comunidades latinoamericanas se han estancado o han crecido a menos ritmo.

Registro Civil

Ciertamente, en esa situación ha influido el retorno de algunos inmigrantes a sus lugares de origen a causa del parón económico. Sin embargo, en Euskadi también se ha mantenido un flujo paralelo de entradas, más modesto que en la pasada década, aunque continuo. De hecho, con 5.182 extranjeros empadronados más que en 2010, el País Vasco ha alcanzado un nuevo récord de población (2.183.615 habitantes) gracias a la aportación de los trabajadores foráneos. A la postre, lo que ha recortado el tamaño de algunos grupos extranjeros ha sido el trasvase de miles de personas desde las estadísticas de inmigración, que les permiten acceder a los servicios públicos, a las de ciudadanos autóctonos, que les otorgan plenos derechos jurídicos.

De todos modos, ni siquiera el recuento de nacionalizaciones es suficiente para valorar la verdadera dimensión de la inmigración. También hay que repasar el Registro Civil, ya que el 17,3% de los nacimientos que se inscriben anualmente en Euskadi son de una pareja foránea o mixta. Álava, con el 23,9%, registra la media española, mientras que Vizcaya (17%) y Guipúzcoa (14,9%) aparecen por debajo. A la vista de esas cifras, el director de Inmigración del Gobierno vasco, Miguel González, cree que las instituciones deben dejar de centrarse exclusivamente en las cuestiones jurídicas de extranjería -aunque sin olvidarlas, teniendo en cuenta los efectos de la crisis y los cambios de legislación- para abordar los retos de una sociedad que empieza a ser étnicamente diversa, como en otros países europeos. «Una vez que muchos inmigrantes están alcanzando la igualdad jurídica, hay que buscar la igualdad real», resume González. «Tenemos que insistir en que Euskadi sería menos próspera sin los inmigrantes que trabajan y consumen aquí», añade.

En la Administración vasca son conscientes de que la inmigración ha entrado en una nueva fase. El pasado año, Euskadi fue la segunda autonomía donde los no nacionales aumentaron más en términos absolutos, si bien a gran distancia de Andalucía. Esa tendencia no se detendrá en los próximos años, ya que la estructura de la economía vasca -con menos desempleo, menos construcción y menos actividades sumergidas- la convierte en un factor de atracción natural.

Actualmente, el Pais Vasco es la única comunidad donde crece a buen ritmo la afiliación de extranjeros a la Seguridad Social (51.200). Según la consejería de Gemma Zabaleta, la tasa de ocupación se sitúa en este capítulo seis puntos por encima de la media estatal. Unos 35.000 extranjeros carecen de ‘papeles’ en Euskadi, un número relativamente reducido en comparación con otras regiones. Y uno de cada cinco trabajadores foráneos ha llegado desde otro punto de España, aunque si se analizan sólo los que están establecidos desde 2008, la proporción sería mucho más alta.

«En diez años, la sociedad vasca será totalmente distinta de la actual», pronostica Xabier Aierdi, profesor de Sociología de la Universidad del País Vasco (UPV). De hecho, la población inmigrante aumentará de forma sustancial a medio plazo, incluso por encima del 10% del censo (más de 220.000 personas si el padrón actual se mantiene estable). ¿El motivo? Con la emancipación de la mujer y su incorporación al mundo laboral, los hogares vascos se transformarán definitivamente en ‘empresas’ generadoras de puestos de trabajo para los extranjeros en el ámbito doméstico y el cuidado de las personas dependientes, un cometido que antes asumían las amas de casa y la solterona o el solterón de la familia.

Huecos demográficos

«Las mentalidades han cambiado. ¿Qué padre desea hoy que su hija con estudios se quede en casa?», resume Aierdi, quien advierte de que el cambio de valores es estructural y avanzará con la crisis o sin ella. Esa evolución, unida a los bajos salarios, los empleos inseguros y los escasos incentivos a la natalidad, creará en Euskadi ‘huecos’ demográficos que los inmigrantes cubrirán de forma natural y, de momento, con un grado de integración que la mayoría de los estudios realizados considera aceptable, si bien los expertos están emplazando a los políticos a encarar cuanto antes controversias como la alimentada por la oposición a la mezquita bilbaína de Basurto.

«Con el DNI me dejan tranquilo»

«De todos modos, no creo que el discurso xenófobo se haya endurecido», puntualiza Xabier Aierdi, a la sazón exdirector del Observatorio Vasco de la Inmigración (Ikuspegi). «Es el mismo discurso de siempre, basado en la creencia de que hay una legislación específica para extranjeros, etc. Lo que ocurre es que ahora todo eso se escucha más». No obstante, el docente de la UPV destaca que en Euskadi las palabras no se han trasladado «a los comportamientos». Bajo la retórica contra la inmigración discurre silenciosamente el «contacto humano». El de la mujer inmigrante que cuida a un anciano. El de la familia que ayudó a un trabajador extranjero a obtener los papeles…

Su nombre es Hicham, tiene 33 años y ya no es marroquí. «Desde que tengo el documento nacional de identidad (DNI) me dejan tranquilo. Cuando lo enseñas, el policía pone otra cara», afirma el joven, registrado como trabajador autónomo. Se afincó en el País Vasco en 2001 procedente de Italia y, «como tenía un buen currículo y hablo cinco idiomas», apenas tardó cuatro días en encontrar un empleo en la hostelería. «Y eso que sólo había venido a pasar las navidades».

Desde entonces reside en la capital vizcaína, donde se integró con facilidad, consiguió papeles, formó «un grupo de amigos» y ha regentado dos negocios. «En Italia te sientes extranjero, pero aquí no. Ésa es la diferencia entre un lugar y otro», aclara Hicham, que se marchó de su país de origen hace 17 años, cuando era un adolescente.

La idea de cambiar de nacionalidad surgió debido a la suspicacia de los cuerpos policiales con los extranjeros, sobre todo en los últimos tres años. «Un agente municipal me quitó el carné de conducir porque decía que era falso. Estuve un mes sin él», relata Hicham, que decidió vender su ‘Audi’ cansado de que le registraran el vehículo porque «creen que un marroquí no puede permitirse un coche caro».

El DNI no solo le facilita transitar por la calle con tranquilidad. También puede aspirar a más puestos de trabajo y, sobre todo, participar en campeonatos deportivos de los que estaba excluido por su condición de extranjero. «Soy judoka, ahora podré competir como nacional».

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