Qué ocurre en Badalona


La tercera ciudad de Catalunya se convierte en el banco de pruebas de una mezcla explosiva: inmigración y política

Lavanguardia.J. V. AROCA/L. BENVENUTY | Badalona | 26/09/2010 | Actualizada a las 00:18h | Ciudadanos

A las seis de la tarde, en la calle Don Pelayo del barrio de la Salut de Badalona, se ha declarado un pequeño incendio en un ático. La policía llega de inmediato y despeja el lugar. Entre tanto, arriba, en el piso en llamas, un tipo resolutivo que salta por el tejado echa agua con una manguera doméstica. Abajo, en la calle, entre la gente que se agolpa a mirar, una gitana con su hijo colgado de la cadera informa a sus vecinas de que el héroe del barrio es ruso. "Fíjateee –dice con ese acento de las gitanas españolas–, el payo está en tooooodo". Cuando llegan los bomberos, ya sólo sale humo blanco. Vapor.

Hace cinco años, esta misma calle fue escenario de las manifestaciones de los vecinos reclamando la expulsión de los últimos recién llegados al barrio: los gitanos rumanos. En aquel tiempo, cuando la población inmigrada en Badalona se duplicó en apenas un año, los gitanos procedentes del este de Europa llegaron a superar el millar en la ciudad. Ahora, en este barrio, las cosas están más tranquilas. Aunque no lo parece.

Desde el pasado mes de mayo, los bomberos que han ido a apagar las llamas de la Salut tienen su parque en el barrio de Canyet. Antes estaban en Sant Roc. Su antiguo cuartel ahora está vacío. A la espera de convertirlo en un centro ocupacional, el Ayuntamiento lo cedió a la comunidad musulmana para el mes del Ramadán. El día 18, cuando los musulmanes habían abandonado el oratorio improvisado, un centenar de personas traídas en autocar desde otras comarcas por Plataforma per Catalunya, que apenas tiene implantación en la ciudad, se manifestaron al grito de "mezquitas fuera".

Fue el segundo acto político en Badalona a cuenta de la inmigración en la misma semana. Un día antes, en plena polémica sobre las expulsiones de gitanos promovidas por Sarkozy, el PP catalán desplegó a sus máximos dirigentes en la Salut para arropar la visita de la eurodiputada de la UMP Marie Thérèse Sanchez-Schmid.

Su recorrido por el barrio fue seguido por un enjambre de televisiones extranjeras y españolas. La cadena pública de la comunidad de Madrid hizo un gran despliegue informativo, similar al de la catalana. Aquella mañana vinieron a la Salut muchos más periodistas que cuando, un lustro atrás, los vecinos gritaban "rumano marrano". El despliegue llegó a sorprender a la misma diputada que, en conversación con La Vanguardia el pasado jueves, aseguraba que, en realidad, ella pretendía girar una visita privada, acompañada de sus colegas españoles.

No fue así. Badalona se ha convertido en un banco de pruebas donde algunos estrategas experimentan con una mezcla volátil: política e inmigración. Y los medios, volcados en la cacería de lo inmediato, olfatean la pólvora como nadie.Sin embargo, y contra lo que den a pensar episodios como los de esta semana, la tercera ciudad más poblada de Catalunya no ocupa precisamente un lugar destacado en la lista de ciudades con más inmigración. Pero aún lejos de las cifras de referencia de Salt (Girona) e incluso de la propia Barcelona, Badalona ha somatizado mucho peor que ellas la nueva inmigración.

Las causas de este hecho diferencial badalonés son múltiples pero casi todo el mundo –incluidos algunos de los gestores del ayuntamiento gobernado por una coalición de PSC y CiU– admite que desde la Administración se ha actuado tarde y sin el vigor político que precisa el momento. El socialismo badalonés hace tiempo que ha perdido pie en el aparato político catalán.

La defensa de la multiculturalidad ha justificado a menudo la inopia hasta agotar la paciencia de muchos vecinos que han visto como los barrios que ellos mismos construyeron han vuelto, otra vez, a escenas que ellos dejaron atrás en los sesenta. La frustración en lugares como La Salut, Artigues o Sant Roc es grande. La impresión de que les han abandonado a su suerte, total.

Y ahí es donde aparece Miguel Jurado, edil independiente del PP. Su trayectoria política ilustra lo ocurrido en Badalona en los últimos años. Militante del PSC en la transición, más tarde cargo de confianza de CiU, activista vecinal de larga trayectoria. Hoy es el embajador del líder del PP de Badalona, Xavier García Albiol. Escucharle evoca a los abnegados militantes del PSUC de la transición o a los penetradores de barrio de CiU cuando se abrían camino en la periferia metropolitana. El diagnóstico de Jurado sobre qué ocurre en la política y en la calles de Badalona es simple: "Llenamos los agujeros que han dejado otros".

La diferencia entre Jurado y sus predecesores es que todos los conflictos relacionados con la inmigración forman parte de su agenda política. Se sabe al dedillo los edificios donde los gitanos rumanos viven en pisos patera, qué ciudadanos de Pakistán controlan el negocio de los pisos en los que viven los rumanos y dónde están los vecinos más cabreados con el alcalde porque se sienten invadidos en el mismo rellano de su escalera.

Su astucia contrasta con el relato oficial. Sirva de ejemplo el siguiente incidente relacionado con la propia elaboración de este reportaje: La Vanguardia trató de obtener una declaración formal del comisario de los Mossos d’Esquadra en Badalona sobre la delincuencia vinculada a los inmigrantes. La respuesta oficial de la portavoz de la policía fue que los Mossos tienen por norma no distinguir las nacionalidades de los detenidos y que, en consecuencia, no iban a hacer ningún comentario al respecto.

Ese es el vacío. Por mucho que el Ayuntamiento, presidido desde hace dos años por el socialista Jordi Serra, trate de llenarlo. Tras los acontecimientos políticos de la última semana, el Consistorio publicó el viernes un anuncio de página entera en los diarios gratuitos de la ciudad con el lema "Pel bon nom de Badalona". Una campaña para acentuar la autoestima de los badaloneses.

Puede que algunos abracen la causa del alcalde. Albert Badia, el joven presidente de los comerciantes de la Salut, asegura que la situación del barrio ha mejorado en los últimos años. "Los conflictos de convivencia persisten, pero en menor medida. Ahora las calles están mejor iluminadas, la presencia de policías municipales es mayor". El problema, sigue, es que el nombre del barrio está ya asociado a la delincuencia, a los pisos patera, al racismo… "Aquí venía gente de toda Badalona. Pero si seguimos así, nos convertiremos en las tiendas del barrio. Poco más".

El miedo del comerciante de la Salut es compartido también al otro lado de la autopista que ha seccionado urbanística y socialmente la ciudad desde siempre. En el Centre, las tradicionales élites de la ciudad temen por igual a los rumanos –a veces menudean por la calle del Mar– y al severo descrédito de algunos discursos de la emergente derecha local.

Àngel Vendrell, un histórico líder vecinal de Artigues, en la frontera con Sant Adrià de Besòs, es claro como el agua. En su barrio vivían hace treinta años, en sus casas con badiu (jardín), los jefes de las fábricas, a los que se sumaron luego los obreros adelantados de la época. Aquí, en la calle Balmes empezó su andadura Miguel Poveda, el mejor fruto del ensamblaje entre la nueva y la vieja Catalunya. Y luego llegaron pakistaníes, marroquíes y gitanos rumanos. Vendrell es categórico: "En mi barrio hay racismo. ¿Cómo no si en la calle tienes la sensación de vivir en Marrakech?". En pocos años, las zapaterías, tiendas de moda y relojerías de la calle Xile dieron paso a una sucesión de locutorios, puestos de kebab y carnicerías halal.

Vendrell admite que algo ha mejorado en los últimos tiempos (de hecho, el jueves pasado desahuciaron a un rumano en el barrio), pero está convencido de que "esto se ha empezado a mover porque los del PP han apretado a los socialistas". En contrapartida, admite que el hecho de que los populares hayan convertido la inmigración en parte de la batalla política está "calentando el ambiente". Vendrell, ahora que los recursos públicos serán cada vez más escasos, vaticina un estallido.

Pegado al barrio de Artigues está Sant Roc. Vivienda pública construida en el franquismo cuya historia está jalonada de acontecimientos no muy distintos a los de ahora. Curiosamente ha soportado mejor la mutación que ha vivido en los últimos años. El músculo social es clave.El patriarca de los gitanos de Sant Roc, el Tío Manuel, dice que "aquí los problemas los arreglamos nosotros. Les llevamos treinta años a los gitanos rumanos, y les enseñamos a comportarse, a no tirar la basura por la ventana. La cosa ha mejorado. A los primeros ya los hemos educado". Y el que no atiende a razones puede ser desterrado.

Manuel es tal vez el más crítico con la estrategia política del PP. "Está azuzando a la gente. Eso no está bien. Lo de Francia tampoco. Nos están metiendo a todos en el mismo saco, en el de los delincuentes. Y eso es un paso atrás", advierte.
Juan José Guerrero también vive en Sant Roc. Es educador de calle desde hace treinta años. Una referencia moral que ahora ha encontrado su acomodo en el Ateneu de Sant Roc. Su perspectiva de largo recorrido alumbra una visión de los acontecimientos: "Esta –sostiene– es una capa más de nuestra historia. Todo esto no es muy distinto del proceso que siguieron los que vinieron antes pero la solución a nuestros problemas requiere ideas claras, medios y sobre todo tiempo. Años. Pero esta es la sociedad de lo inmediato, del bueno o el malo, no hay matices".

Ahí empieza una espiral por la que la tercera ciudad de Catalunya corre el riesgo de colarse en los puestos de descenso. La visita de la eurodiputada Sanchez- Schmid con la que arrancaba esta crónica es un ejemplo. Siguiendo su trayectoria política uno puede descubrir que lleva dieciséis años trabajando en programas de integración de gitanos, "en especial –explica– de los niños", desde el Ayuntamiento de Perpiñán. Y en el Parlamento europeo comparte con húngaros, búlgaros y rumanos una comisión para mejorar sus condiciones. Convencida de que es necesario hablar "con franqueza y de cara sobre los aspectos más feos de la inmigración", también cree que "la expulsión de gitanos ha de ser la última solución". Pero ninguna de esas ideas aparecieron en el relato que se hizo en su visita: estaban en Badalona, declarada zona de conflicto.
Hace cinco años, la primera manifestación contra los rumanos en la Salut empezó por un motivo bien sucio.

A la vuelta del trabajo, un vecino halló inundada de heces su casa. Los inquilinos de los bajos habían atascado los bajantes de modo que todo lo acumulado buscó la salida más próxima. Toda una metáfora. No debería volver a ocurrir.

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